JUAN GARCÍA PONCE:DEBER E IMAGINACIÓN ( APROPÓSITO DE FRANZ KAFKA)


Juan García Ponce
Deber e imaginación
(A propósito de Franz Kafka)
Otra vez Franz Kafka. De alguna manera, su figura parece no tener término.
Las obras completas de ese joven alto y esbelto, de cabello negro,
frente estrecha, ojos ligeramente saltones y mirada ingenua, con rasgos
marcados y una boca en la que, de pronto, se dejaba entrever una sonrisa
infantil, del que su amigo Max Brod nos dice que era un prodigioso nadador
y que pasaba horas enteras remando en el río que atraviesa Praga, su
ciudad natal, y que, sin embargo, también pasó mucho tiempo de su corta
vida en sanatorios para tuberculosos y murió a los cuarenta y un años, no
terminará de reunirse nunca. Siempre, ante la muerte de algunos de los
conocidos de Kafka, nos encontramos con que nuevas obras de Kafka
salen a la vida, dejan la oscuridad del recinto privado en que han habitado
entonces y entran al terreno de la luz de las publicaciones, donde esas
obras completas permanecerán siempre incompletas.
Tal vez ésto no es extraño. La literatura no tiene fin, no acaba nunca, y
Franz Kafka dijo en alguna ocasión de sí mismo: "Yo no tengo intenciones
literarias. No estoy hecho sino de literatura". No era más que eso
entonces: alguien que no se consideraba a sí mismo persona, que se negaba
a sí mismo todas las posibilidades humanas y tal vez, también, todas las
obligaciones que le darían el alto título de hombre, para ser sólo escritor:
literatura.
Tenemos que admitir que nos encontramos ante una figura contradictoria.
Por un lado despierta nuestra más legítima admiración: aquella que se
dirige hacia la dignidad de la realización literaria; por otra parte, provoca
también nuestro recelo de dignos ciudadanos que no podemos menos que
indignarnos ante esa figura que se niega todo deber y no se adjudica más
obligación que escribir. ¿Escribir para quién y por qué? También en este
Juan García Pone* (México) ha escrito narrativa, teatro, ensayos literarios, crítica de
arte, y dirigió la Revista Mexicana de Literatura. Actualmente es profesor en la UNAM.
Algunos libros: La noche (1963), Figura de paja (1964), La casa en ¡aplaya (1966), La
cabana (1969), El libro (1970), La invitación (1972), Unión (1974), El gato (1974)en
narrativa. Ensayo: Cruce de caminos (1965), Cinco ensayos (1969), Trozo» (1974), El
reino milenario (1969). Prepara actualmente un libro sobre Klossowski.
Deber e imaginación 23
aspecto la figura de Franz Kafka es contradictoria. Escribir es una deliciosa
recompensa, dice en otra parte, y en seguida se pregunta ¿recompensa
de qué? El mismo contesta: de servicios prestados al demonio. ¿Escribir
no es entonces una actividad legítima? ¿Se puede pensar que dedicarse a
la literatura es traicionar al bien? Tal vez una parte de la noble figura que
se encierra en Franz Kafka pensaba efectivamente que traicionaba a la vida
y que escribir era despertar una serie de fuerzas espirituales indomables de
allí en adelante y que implantaban en la puerta de la vida la supremacía
del demonio. ¿Pero no nos ha dicho William Blake que el demonio es la
vida, que la vida es obra del demonio, que la beatitud de las fuerzas
celestiales es precisamente la expresión de un quietismo contrario a la
vida? Parece ser que Franz Kafka no compartía esta opinión. Para él, esa
deliciosa recompensa —dolorosa recompensa en otras ocasiones si atendemos
a su Diario— tenía que realizarse en el más riguroso secreto y siempre
de espaldas a la vida.
En una carta a Felice Bauer, una de las numerosas prometidas con las
que nunca llegó a casarse, porque él mismo le dice a Felice en sus cartas
"si me casara contigo te engañaría todas las noches con la literatura",
Kafka afirma que para él escribir es algo que sólo podría realizarse encerrándose
en una casa con innumerables habitaciones, cada vez mas oscuras,
en la última de las cuales habría una pequeña mesa con una débil vela, a
cuya mínima luz intentaría escribir, porque realizar esa tarea es servir a las
fuerzas oscuras que niegan a la vida. No es extraño que alguien que tenía
esa pasión por el pecado de escribir, que cedía con tanta frecuencia a la
tentación de obtener la deliciosa recompensa de la escritura, recompensa
otorgada por el diablo, se sintiera, con no menos frecuencia, culpable por
este inexplicable vicio, el vicio absurdo, como llamaría uno de los amigos
de Cesare Pavese a la pasión de éste por el suicidio. En este caso, el vicio
absurdo resulta una pasión estrechamente emparentada con la literatura y
con el hecho de escribir.
Pero si escribir es una recompensa que se nos otorga por servicios prestados
al demonio, en la patética, dolorosa, delirante carta que Franz Kafka
dirige y nunca envía a su padre, con la esperanza de poder aclarar y
justificar sus relaciones humanas con la figura que representaba para él a la
máxima autoridad, le dice de pronto a ese padre imponente, inalcanzable,
grandioso, terrible y temible como el mismo Dios, que, entre otras muchas
cosas intrincadas, grotescas y conmovedoras, él tenía tal respeto y temor
ante esa imponente figura que tenía que decirle que le había robado la voz.
Por un lado, el padre le niega el derecho a hablar; por otro, el diablo —la
vida— le devuelve ese derecho. La figura de Kafka está formada por esa
doble vertiente en la que una parte se dedica culpablemente a la literatura
y la otra se muestra incapaz de cumplir con las obligaciones que configuran
la difícil tarea de vivir. En Franz Kafka hay una continua oposición
entre vivir y escribir. Escribir es una tarea maldita que sustituye a las
obligaciones que permiten el despliegue de la vida y nos hace traicionarla y
abandonarla. Y sin embargo, ahora celebramos no a ese personaje hipócrita,
doble, temeroso, cobarde, como él mismo se definía, que siempre fue
incapaz de vivir, que nunca pudo cumplir honestamente con sus obligacio24
Juan García Portee
nes de hijo, de hermano, de posible esposo, de hombre en una palabra,
sino al traidor. Celebramos al Kafka que empieza a vivir precisamente en el
momento que muere, porque todos sabemos que la mayor parte, casi todas
las obras de Kafka, fueron publicadas postumamente y contra la volundad de
su autor, que consideraba su obra fracasada, inútil y maldita y ordenó a
Max Brod, su mejor amigo, que la destruyera después de su muerte para
que no quedara de él rastro en el mundo.
De alguna manera, en este aspecto, Franz Kafka recuerda a la figura del
Marqués de Sade, quien ordenó en su testamento que lo enterraran profundamente
y en algún lugar que permitiera la desaparición de todo rastro
de su tumba, para que no quedara ninguna huella visible de su paso por la
tierra. Sabemos de sobra que la huella de su paso por la tierra que ha
dejado el Marqués de Sade es profunda, sería mejor decir indeleble, y
sigue inquietándonos. Igualmente, la huella del paso por la tierra de Franz
Kafka, contra la voluntad de Franz Kafka, afirma algo que él deseaba ver
desaparecer, que ordenó que fuera destruido y que, sin embargo, es lo que
define, en verdad, a Franz Kafka.
El hijo del potente y poderoso, del inalcanzable dueño de un almacén
en una provincia del imperio austrohúngaro, que era su padre, ha desaparecido
junto con la realidad del imperio. Casi todo lo que es históricamente
real, lo que fue real, en el mundo de Franz Kafka se ha perdido para
siempre, devorado por la historia. El imperio austrohúngaro ya no existe.
A la ciudad de Praga, en la que Kafka nació, le corresponde otra realidad.
Kafka era un judío que hablaba alemán y los alemanes trataron, durante
algún tiempo, de exterminar precisamente a esos judíos que, como el propio
Kafka, llevaron su lengua al más alto grado de excelsitud.
El mundo de Kafka es un mundo inexistente. Su única realidad es la
realidad de la imaginación. Está contenido en esa escritura que él hizo
posible a espaldas de su propia realidad, en la oscuridad de un último
reducto, a solas y en silencio, rechazando culpablemente toda existencia
honorable, toda exigencia de cumplir con lo que se consideraba su deber.
Nada opone tanto el deber a la imaginación como la figura de Franz
Kafka. Franz Kafka no existe. Murió de tuberculosis, después de una larga
enfermedad y un proceso final de ésta que lo sometió a una imperiosa
agonía y lo enmudeció durante los últimos meses, en 1924. Su paso por la
tierra es una suma de incontables desventuras que no pueden, ni siquiera a
través del patetismo con que él las hace visibles en su Diario, llegar a verse
con el carácter inextricable que tenían para él; pero su paso por la tierra
ha quedado fijo para siempre gracias a aquello que él negó continuamente
en nombre del deber y afirmó continuamente dedicándose todas las noches
a cubrir con su letra menuda, casi ininteligible, cuaderno tras cuaderno
en los que servía a la imaginación, al demonio, noches en las que el
demonio le otorgaba la recompensa de poder expresar algo, a través del
misterio que el demonio le acercaba y que encarnaba en su escritura
titubeante la seguridad del lenguaje.
¿Sobre qué se apoyaba la obra de Kafka para transformarlo en la solución
en forma de enigma que la convertía en gran arte? Exactamente, su
desplú^v descansa en el poder que la idea del deber tenía sobre él.
Deber e imaginación 25
Ninguna obra expresa con tanta intensidad, con tan flotante verdad —verdad
que es ausencia de verdad comprobable en términos empíricos—, con
una fuerza tan particular y original, el drama del hombre prisionero del
deber de vivir, como la obra de Franz Kafka. Y si Kafka consideraba que la
escritura lo excluía, lo ponía aparte de este deber y por tanto estaba
maldita, era porque, mediante esa tarea singular realizada en la soledad, sin
más compañía que la de los espíritus malignos, se hacía evidente el horror
que representaba el hecho de ser un buen hijo, un buen hermano, un buen
prometido, un buen ciudadano. En una palabra, Franz Kafka quería ser un
hombre útil en el mundo que le tocó vivir; en una palabra, Kafka nunca
logró ser ese hombre útil y en cambio logró, a pesar suyo, sintiéndose
culpable, contra toda su voluntad de hijo, de novio, de empleado, ser un
gran, un extraordinario escritor.
Tenemos que tratar de examinar, entonces, en toda su magnitud, esta
contradicción entre la bondad de la escritura y la maldad del mundo
establecido, de la vida concebida como deber, y ver que la bondad de la
escritura representa el triunfo de la libertad y de la imaginación que hacen
habitable el mundo, que nos devuelven la vida y que invalidan todas las
razones mediante las cuales se pretende hacemos cumplir un deber que no
tiene sentido.
Por eso, la obra de Kafka, que está hecha de contradicciones tan evidentes,
que permanece inevitablemente inconclusa, descansa en la primera
terrible, maravillosa contradicción de que Franz Kafka vive desde su muerte
y pasó toda su vida como muerto. Nunca entró a la vida. Había escogido,
aún sin darse cuenta, la verdadera vida. Sin embargo, escoger la verdadera
vida tal vez sólo puede lograrse a través de un acto tan doloroso como
el que determinó que, durante todos los años en que le tocó habitar en la
historia, Franz Kafka se sintiera culpable, Franz Kafka se sintiera un traidor
a la existencia ante el mundo establecido. Pero, ahora que conocemos
su obra literaria, podemos saber que estaba sirviendo a la existencia.
No es frecuente que la obra de Kafka sea definida en estos términos. La
tradición literaria contenida en la serie de obtusos manuales que nos indican
cómo se debe leer, nos ha enseñado, una y otra vez, que nada puede
haber tan negro, tan negativo como la obra de Franz Kafka. Y la crítica
dogmática de cualquier partido, secta o iglesia —esa plaga que de todas
maneras tenemos que soportar porque el mundo está lleno de plagas y si
hay langostas tiene que haber críticos dogmáticos— ha dicho o que Kafka
nos muestra el mundo de la enajenación, que cuando el mundo se libere
nos encontraremos en otro lado, pero que Kafka es el primer prisionero de
ese mundo de la enajenación o que Kafka en su obra traza el espacio de un
mundo en el que Dios se ha hecho inalcanzable en términos de teología y
de mundos trascendentes a los cuales también tendremos acceso cuando
nos liberemos del mundo a través de la muerte. Pero, en su escritura,
Kafka buscaba la solución en forma de enigma del arte, la solución sin
respuesta definitiva. No hay lugar para los artistas. Tal vez por eso, nunca
tuvo lugar en el mundo y por eso, ahora, todo el mundo puede abusar de
Franz Kafka y usarlo de acuerdo con sus propósitos. Nada tan verdadero
como una obra que no busca más verdad que la de su propia existencia y
26 Juan García Ponce
nada más fácil que utilizar en nombre propio esa obra que se niega toda
respuesta y no busca ninguna. La verdad como movimiento, como ausencia
de verdad definitiva.
En este ensayo, que tiende hacia el fracaso, que aspira al fracaso y no
busca más que el fracaso, trataremos de mostrar que la obra siempre
inconclusa de Franz Kafka encierra una profunda posibilidad. No podemos
dejar de relacionar al protagonista único de las obras de Kafka con
aquél que escribe esas obras y la figura de los héroes de Kafka con el héroe
que creó a esos héroes. Hay una relación estrecha entre el creador y su
creación que invierte el sentido de sus libros y convierte a Franz Kafka,
ese muchacho alto, de frente estrecha, de sonrisa noble y oculta, que pasó
la mayor parte de su vida adulta en sanatorios para tuberculosos y murió a
la temprana edad de cuarenta y un años, en una de las figuras más positivas
de la historia de la literatura, no porque dentro de la historia de la
literatura tenga el sitio de un gran escritor, no porque ahora todos sabemos
que tenemos que reverenciarlo, sino por la única y ambigua —para
siempre ambigua, con la ambigüedad de todas las obras de arte—, imagen
de la libertad y el triunfo de la imaginación que sus textos hacen presente
y crean para nosotros.
Tratemos de seguir ese periplo que se traza a través de la infelicidad de
Franz Kafka, el hombre, y la felicidad de Franz Kafka, el escritor. La
primera novela que Kafka escribió es también casi la última que apareció en
forma de libro. Esa obra, como todos sabemos, se llama La metamorfosis.
También como todos sabemos, en la admirable traducción de Jorge Luis
Borges, empieza diciendo: "Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras
un sueño intranquilo, encontróse en su cama convertido en un monstruoso
insecto". El aspecto de ese insecto era, es, será siempre, absolutamente
repulsivo. Estamos educados para cumplir con nuestro deber. Debemos ir
a trabajar todas las mañanas y queremos satisfacer a la imponente, inalcanzable
figura del padre. Esa figura en la que se hace visible la imagen de
Dios, que, en cualquier momento, puede negamos la vida y decidir que
entremos a la muerte. El padre amenaza con aniquilamos de un manotazo
como se aniquila a cualquier insecto. Cualquier Padre. Entonces, no podemos
menos que saber que no hay un castigo peor que encontrarnos una
mañana convertidos en un gigantesco insecto. Esto nos separa de la posibilidad
de entrar al mundo y cumplir con nuestro deber.
En efecto, lo primero que Gregorio Samsa —iba a escribir, muy sintomáticamente,
"Franz Kafka", porque "Gregorio Samsa" es una trasposición
al espacio de la literatura del nombre Franz Kafka—, lo primero que
Gregorio Samsa hace, entonces, es intentar realizar los movimientos que le
permitan cumplir con su deber. ¿Cuál es su deber? Gregorio Samsa es un
dedicado agente viajero. Mantiene a su anciano padre, a su bondadosa
madre, a su honesta hermana. Es el pilar central de la familia. Y por
supuesto, no podemos imaginarnos, ni siquiera imaginamos, a un gigantesco
insecto que llega a ofrecernos un metro de tela. Lo más probable es que
nos deshagamos de él lo más rápido posible. Esto es la peor tragedia para
Gregorio Samsa, porque cree en su deber. ¿Pero qué ha ocurrido? ¿De
qué es una metáfora ese sueño terrible en el que Gregorio Samsa despierta,
Deber e imaginación 27
sale de la oscura libertad de la noche y del sueño, una mañana, para
encontrarse convertido en un gigantesco insecto? Es una metáfora, la
imagen que el arte es capaz de crear, de la exclusión.
No afirmamos nada en los términos de Kafka; pero es posible que lo
que él quería crear fuera precisamente esa metáfora en la que Gregorio
Samsa, por alguna falta secreta, ha caído fuera del poder de la Gracia y se
encuentra convertido en el gigantesco insecto que le Enajena el mundo
establecido. Es un monstruo: por tanto, un Neurótico. Pero excluirse del
mundo, tal como se nos permite ver en La metamorfosis, es una auténtica
bendición. Ese mundo es inhabitable y es un horror. Lo único que Gregorio
Samsa tiene que cumplir es una serie de obligaciones que no le producen
ninguna satisfacción más allá del hecho de estar cumpliendo con su
deber. Sin embargo, Gregorio Samsa tiene nostalgia de este mundo, quisiera
poder seguir cumpliendo con su deber. Y a su vez, su exclusión no
puede dejar de verse como una metáfora también de la ilícita actividad de
escribir, que pone al que la practica fuera del mundo del deber y en el
espacio en que se manifiesta la libertad de la imaginación.
¿Por qué se ha convertido Gregorio Samsa en un insecto? ¿En qué
consiste la exclusión de Gregorio Samsa? Nosotros, que conocemos la
vida de Franz Kafka a través de sus diarios, lo sabemos perfectamente.
Sabemos que por las noches, a solas, en la oscuridad casi total de su
cuarto, ocultamente y en secreto, se encerraba a escribir. Y escribir crea
otra realidad, muestra otro espacio del mundo, hace aparecer un mundo
en el cual Gregorio Samsa puede expresar su propia pesadilla, aunque para
ello, precisamente, tiene que disimularse bajo otro aspecto.
Es muy significativo que en La metamorfosis, Gregorio Samsa que es,
sin duda alguna, un doble de Franz Kafka, sea parecido a Kafka en todo
menos en el deseo de escribir, salvo en la necesidad de escribir. Gregorio
Samsa no intenta escribir tampoco una vez que se ha convertido en un
gigantesco insecto. Lo único que hace es, desesperadamente, tratar de no
ser un estorbo. Ya que no puede cumplir con su deber, por lo menos no
quiere molestar a su familia. Y nada es tan doloroso, triste, pobre, como la
felicidad de esa familia que Franz Kafka describe en términos crueles,
irónicos, burlescos, desde la soledad de su cuarto.
Finalmente, sabemos, el monstruo desaparecerá. Encontrará en la
muerte la felicidad de no estorbar más. Hallará en la muerte la posibilidad
de no interponerse en la felicidad de su familia. Pero su muerte no es, de
ninguna manera, el final. La muerte de Gregorio Samsa nos deja ver que,
para la familia, "la vida" se ha abierto a la continuidad que ya hemis
entrevisto en el curso de la novela. Pero esa vida no es más, de acuerdo co/s
lo que la novela nos deja ver, que la más absoluta, frágil, mentirosa,
desagradable felicidad, poblada de pequeñas, falsas, miserables satisfacciones.
Después de La metamorfosis, Franz Kafka no volverá a publicar ninguna
otra novela. En el presente dentro del que se desarrolló su vida ¿significaba
esto que había renunciado a escribir? Ahora sabemos que no. Aunque
ninguna otra novela vea jamás la luz del día, desde entonces Kafka
escribirá ininterrumpidamente, prodigiosamente, pródigamente, diarios,
28 Juan García Ponce
cartas, aforismos, novelas, relatos, cuentos, prosas breves y, sin embargo,
no concluirá ninguna de estas obras de una manera que a él le parezca
satisfactoria, nunca alcanzará la perfección formal que buscaba. ¿Nos encontramos
ante un problema estético? Sin duda alguna. Los problemas
estéticos nos liberan de la necesidad de pensar. Pero el caso es que Franz
Kafka, que estaba hecho sólo de literatura, creía en la perfección de la
escritura. Lo que Kafka no se permitía era, aun cuando no lo supiera,
hacer pública la felicidad que era capaz de proporcionarle, en medio de su
aparente dolor, la libertad que encontraba en el hecho de, mediante el uso
de la imaginación que se expresaba en esa escritura, convertir en grotesca
celebración todas las desventuras que formaban la vida de su tiempo, y,
por tanto, su propia vida.
Max Brod nos cuenta que cuando Kafka leía fragmentos de sus obras
para alguno de sus amigos frecuentemente tenía que interrumpirse porque
la risa le impedía continuar, porque en el transcurso de esas obras que
ahora consideramos tan negras y tétricas, que leemos sobrecogidos de
espanto, pensando en ese pobre escarabajo, en el infeliz Gregorio Samsa,
su creador, el autor de esas siniestras fantasías, hallaba la más hilarante de
las satisfacciones. Por eso, la risa desmedida está prohibida, es una falta de
educación. ¿Era un monstruo Franz Kafka? Se parecería entonces a Gregorio
Samsa en algún aspecto al menos. ¿Cómo podía reírse del dolor de
Gregorio Samsa o de José K. o de K., de todos esos perseguidos inocentes
que habitan su obra? ¿De qué manera puede uno reírse de los inagotables
esfuerzos, en medio de los cuales, significativamente, encuentra, sin embargo,
oportunidad para gozar de la vida, de K. por entrar, llegar, alcanzar,
finalmente "El Castillo"? ¿Cómo se puede reír de la necesidad de obtener
al fin la aprobación de esa inalcanzable figura del padre a la que Franz
Kafka tenía tanta y tan urgente necesidad de llegar? Sin duda, porque
Franz Kafka se valía de la recompensa que le daba el diablo para poder
escribir. El no aceptaba esa recompensa. Kafka se avergonzaba de su propia
risa. Reírse de la desgracia ajena es un mal; pero reírse de la desgracia
ajena es, exactamente, convertir esa desgracia en felicidad, en puente hacia
la vida, en capacidad de la vida para expresar la verdad que ella misma
contiene. Porque era un artista, porque escribía, Franz Kafka sólo puede
haber expresado esa verdad en términos negativos. Para él, con mayor
intensidad que para cualquier otra persona, su vida no era una vida feliz,
porque el espacio de la escritura, el espacio en el que en verdad era Franz
Kafka, era para Franz Kafka un lugar secreto y que no puede salir a la luz.
Pero, en cambio, siendo capaz de habitar y de moverse en ese espacio
secreto, de alcanzar una libertad que él mismo se negaba, que él mismo fue
el primero en pretender excluir en nombre del deber, tanto que pidió que
sus obras literarias se destruyeran después de su muerte, que esa maravillosa
imagen de la libertad nunca llegara hasta nosotros, consigue que la
nostalgia por esa libertad permanezca continuamente y nos habite y nos
alimente.
La historia posterior es conocida. La metamorfosis y el pequeño volumen
de prosas breves que forman la totalidad de los libros que Kafka
publicó en vida, serán ignorados siempre por el padre, que jamás acepta a
Deber e imaginación 29
su hijo como escritor. En tanto, Franz Kafka imagina una novela que no
terminará: América. En esa novela, un joven inocente —y es muy importante
que subrayemos la palabra inocente— es castigado por un acto que
no comprende, por el cual no obtuvo ningún placer y que jamás recordará
con otra cosa que desconcierto, y desterrado por sus padres a ese otro
mundo en el que siempre será un extraño, que tampoco comprende y que
es nombrado América. La falta que provocó el destierro es simple y com-«
pleja: Karl Rossman, el protagonista de América, inocente y responsable
de sus actos, se acostó con su criada. ¡Qué clara repetición de algunas de
las versiones tradicionales del pecado original! Por supuesto, acostarse
con su criada no le ha producido ningún placer; podemos decir que al
infeliz pero indestructible Karl Rossman lo violó su criada. Por ello, fue
castigado con el destierro a ese lugar lejano e inexplicable que en la novela
se llama América.
América es simplemente el espacio de la novela también, el campo de la
vida desconocida y porque es el campo de la vida en ella todo es arbitrario.
En el curso de la novela, rica en peripecias, poblada hasta el desconcierto
de personajes y sucesos inesperados, Karl Rossman obtendrá todo tipo de
recompensas y todo tipo de castigos sin que su voluntad parezca intervenir
jamás en el reparto. El permanece inocente.
Las peripecias, como pasa en la vida, como debe pasar en toda novela,
se prolongan hasta el infinito y la novela no tiene fin. Pero además, Franz
Kafka perdió la confianza en ella y dejó de escribirla de pronto, después
de imaginar un posible final: El gran Teatro integral de Oklahoma, al que
todos llegarían finalmente y al que se entraría como se llega al paraíso.
Pero de hecho esto no ocurre. Vislumbramos el paraíso, pero no entramos
a él. El verdadero destino es la exclusión y el destierro. La novela no tiene
fin. Quizás el destino de la literarura, como el de la vida, es no tener fin.
La literatura marca una continuidad abierta siempre al reino de la posibilidad,
ese reino de la posibilidad que no parece ser de este mundo, pero que
la literatura, encarnando en el lenguaje, hace entrar al mundo y convierte
en el reino de este mundo.
Después de esa novela inconclusa, Kafka escribirá otra novela inconclusa:
El proceso, y luego otra novela inconclusa: El castillo, e innumerables
cuentos, relatos, prosas breves, en su mayor parte inconclusos. En una y
otra ocasión, una y otra vez, se muestra en esas obras lo mismo: hay una
culpa original que no conocemos y por esa culpa el protagonista de la obra
en cuestión será siempre castigado, será siempre el reo y la víctima de
fuerzas que lo superan.
Nos encontramos —es obvio— ante una metáfora de la inextricable relación
de Franz Kafka con su padre y por tanto con el deber. Pero el artista
tiene el poder de extender hasta el infinito el significado de sus metáforas
mediante la ambigüedad. El padre puede ser también Dios, puede ser la
sociedad: es la imagen creada por el arte supremo de Franz Kafka de lo
todopoderoso. En esa relación entre lo contingente y lo absoluto no hay
solución definitiva. Se muestra la creación de un campo, en este caso de
palabras en el que se expresa un enigma: la interrogación que abre la vida.
La obra de Franz Kafka se muestra como un continuo movimiento que
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no tiene meta y no puede llegar a ningún final. La única solución que los
héroes de sus ficciones tienen a su alcance es la desaparición y la muerte, y
tampoco ellas son una meta, porque ni siquiera en la desaparición y en la
muerte, la entrada no al paraíso sino a la nada, encuentran su verdadera
identidad. De allí las postergaciones infinitas que configuran esa obra.
Nada hay tan lejano e inaccesible como ese paraíso de Oklahoma que no
es de este mundo y que a diferencia de la escritura que tampoco tiene
lugar en el mundo, Dios, la autoridad suprema quienquiera que sea, nos
ofrece como recompensa ante el hecho de permanecer en el mundo cumpliendo
con el deber, ese mundo que el diablo nos invita a abandonar para
recompensarnos con el producto de la imaginación. Jamás se entra a uno
mismo, no hay uno mismo; no hay identidad fuera del puro movimiento
de la literatura. Al final de El proceso, José K. es conducido por dos
policías a un terreno baldío y asesinado. La sentencia se ejecuta sin que
José K. sepa siquiera de qué se le acusa. Muere, dice él mismo, " ¡Como un
perro! " y el narrador agrega "y era como si la vergüenza debiera sobrevivirle".
En el espacio de la novela, como Franz Kafka, José K. ha tratado
de cumplir con su deber; en la novela que narra esa historia, su autor crea
el espacio en el que para siempre vive Franz Kafka.
La obra del otro Franz Kafka, el que nunca permitió Franz Kafka que
saliera a la luz y que obtenía su recompensa por servicios prestados al
diablo, crea una construcción imperecedera. Por eso, uno de los últimos
ivhit<>s de Kafka se titula precisamente La construcción. Cuenta la historia
de una especie de topo, un bicho subterráneo, que habita en la oscuridad y
el silencio, y que laboriosa, infatigablemente, cava una y otra y otra galería,
siempre interminable, para crearse un refugio seguro desde el cual un
enemigo imaginario no pueda alcanzarlo nunca. No necesitamos realizar
una gran tarea de interpretación para damos cuenta de que esa construcción
está a la vista ahora: es la obra de Kafka. El relato describe el propio
esfuerzo de Kafka, escribiendo, tratando de crearse un refugio contra el
deber, contra la obligación. En ese campo sagrado, ajeno a la luz del día, él
estaría siempre protegido por las sombras de la noche en las que es capaz
de envolvernos para nuestra seguridad, nuestra beatitud y nuestro ce ¡'suelo,
el diablo. En su obra Franz Kafka ha logrado que esa oscuridad se haga
toda luz. Tal vez por eso la intensidad de esa obra no tiene rival. Nada hay
tan conmovedor como las páginas en las que el constructor, que nunca
considera su obra acabada, prevee la felicidad que encontraría cuando al
fin pudiera vivir en un refugio seguro. En ese refugio vive ahora Franz
Kafka.
Como todos los relatos que atestiguan la naturaleza del lugar en el que se
desarrolló la vida temporal de Kafka, la construcción no tiene final y la
obra del nocturno topo permanece como un mero intento desesperado de
encontrar ese refugio. Es una precisa metáfora de lo que la vida ha significado
hasta entonces para Kafka. En ella se encierra el sueño que no se
realiza. Franz Kafka siempre quiso escribir. Nosotros sabemos ahora que
escribió siempre; pero él mismo se prohibía su literatura. No pudo entrar
jamás al ámbito de la seguridad absoluta que representaría la construcción
de la obra y, significativamente, al término sin término de la construcción,
Deber e imaginación 31
la interrupción de la tarea de escribir este relato corresponde por completo
al hecho de que Kafka pierde la voz en un sentido no metafórico sino
físico.
Durante los últimos meses de su vida temporal y contingente, la tuberculosis
logró que Franz Kafka ni siquiera pudiera hablar, se expresara tan
sólo por medio de una especie de murmullo, un ligero aullido o quejido
ininteligible cuyo carácter se apresuró a convertir en el tema de un nuevo
relato, quizás el último que intentó escribir: Josefina, la cantante. El
relato nos cuenta la historia de una cantante dueña de una maravillosa voz
que hace la felicidad de su pueblo y que de pronto deja de poder cantar y
sólo emite horribles chillidos.
Nosotros nunca pudimos escuchar en vida de él la voz de Franz Kafka,
porque Franz Kafka nos negó el derecho de escuchar su voz, sacrificó la
imaginación al deber. Su muerte es la pérdida definitiva de la voz en el
campo del deber, lo encierra en el ámbito del silencio para siempre. Pero
una vez encerrado en el ámbito del silencio, otro Franz Kafka empieza a
vivir y la voz de ese otro Franz Kafka es imperecedera y estará siempre a
nuestro alcance. Es una voz que no callará nunca y cuya construcción no
es un oscuro refugio sino que está a plena luz, abierta siempre para nosotros.

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